lunes, 15 de junio de 2015

Leer no admite imperativos

Resulta que me gusta leer. Resulta también que soy promotora de lectura. Lo menciono porque no todos los lectores se convierten en promotores de lectura, al menos no de manera consciente y con el objetivo de promover cierta obra literaria.

Como leo y lo disfruto procuro transmitir el gusto a otros a través de estrategias de lectura, talleres y actividades artísticas. Busco principalmente que sobresalga el valor afectivo y de vínculo comunitario que genera el acto lector. Limito, pero no dejo, la utilidad didáctica y técnica que, para bien o para mal, también se practica principalmente en el salón de clase.

También, porque la necesidad hace la fuerza, fortalezco las filas del ejercito docente en bachillerato como un medio de supervivencia personal y de apoyo formativo-didáctico a mis jóvenes discípulos. Sí, lo he escrito de la forma más heroica posible como un medio de ánimo por tener que dejar a mis lastimados sueños a un lado. Ustedes saben a cuales sueños me refiero. Aquellos que se guardan en un cajón y prometemos sacarlos ya que esté lleno el cochinito de nuevo.

La cosa es que intento motivar a jóvenes a que lean para que fortalezcan su sentido crítico y su apreciación de su entorno social y cultural. Busco también que a través de la lectura y la identificación con situaciones y personajes, se valoren a sí mismos y se descubran como las personas sensibles, creativas e inteligentes que son. Me gusta mucho mi trabajo y sus resultados, por lo que intento reproducirlo en todo rincón donde me es posible.

Hoy se me presentó, en un rincón posible, un gran reto, el mayor reto de todo promotor de lectura - docente. ¿Saben cuál es? Pues aquí esta: 
Vincular un programa de lectura libre y lúdica con un programa de lectura obligatoria escolar. 

Ya los vi, ya enchuecaron la boca, ya imitaron a una ambulancia, ya rodaron los ojos. Lo sé, se ve difícil. Más difícil aun cuando las altas jerarquías te dicen cosas como "tienen que leer", "¿cómo los vas a calificar?", "necesitamos que esto les ayude a mejorar sus oportunidades de pasar el examen de admisión de...", "hay que vincular las tareas de la materia con las tareas de creación literaria", "tienen que escribir un análisis del cuento, un ensayo, una crítica, etc". Se me enchina el cuerito (eriza la piel para mis amigos españoles) solo recordándolo.

Confieso que me da temor y tristeza que se asocie la palabra obligación con la lectura, y más aun que yo sea la que tenga que implementar el mejor método de obligatoriedad, método que al no cumplirse genera un castigo.Me da miedo principalmente que los jóvenes que busco motivar me vean a la larga como la profe de la pluma roja, la canciller de la cárcel de palabras, la juez calificadora.

Creo que son temores válidos pues ¿cómo calificas el gusto lector? ¿Cómo evalúas la práctica del sentido crítico expresando el gusto o aberración por un autor o un libro? ¿Cómo le pido a un joven que me escriba un reporte de lectura de Persona Normal de Benito Taibo por ejemplo? ¿o que compre una novela clásica de cierta editorial porque es obligatorio comprarla como material escolar? ¿qué necesidad hay de todo eso?

Se me pidió y propuse un programa de lectura. Propuse un programa con actividades libres, en donde lea o escriba el joven que quiera y no todos por obligación. Pero me han dicho que los jóvenes no sabrían qué hacer con esa libertad, que si les dejo leer cuando quieran no leerían nunca porque tienen otras cosas que hacer. Me dicen que tengo que enseñarles a usar su libertad obligándolos a hacer lo que les pido.

Sé que no estoy sola, he conocido a suficientes promotores en los encuentros de la FIL y en talleres de promoción que comentan precisamente esta situación con especial disgusto y estrés. Este temor en común curiosamente me da valor precisamente porque es una situación que me vincula a miles de docentes y promotores. De estar sola de seguro vería todo perdido, de seguro me sentiría como aquella última mujer de la película americana de "Invasion of the Body Snatchers" que se acerca a aquel último aliado solo para descubrir que ha sido transformado en un caminante sin cerebro, un cuerpo humanoide pero sin sentido de lo humano. Pero sé que no es así, tú, promotor de lectura, estas ahí.

Sí, se me ha presentado este reto. Me noquearon un ratito, inclusive me escondí en una esquinita de mi cerebro a lagrimear. Pero, como buena promotora de lectura, no me siento derrotada. Estoy segura puedo llegar a un compromiso lúdico, emotivo, didáctico con algo más de ingenio.
Me gustaría mucho escuchar sobre tus propias experiencias con esta situación. De hecho sería de un gran apoyo para mi.

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